Pocas ciudades reúnen tantas nacionalidades, idiomas y formas de entender la vida. Esa riqueza también tiene su lado difícil: detrás de una mudanza hay una red de apoyo que se quedó lejos, una lengua nueva, hijos que se adaptan a otro ritmo y una pareja que aguanta la presión como puede.
Muchas veces el problema no es tu pareja, ni tus hijos, ni tú: es un proceso de adaptación y estrés que nadie ha sabido nombrar. Cuando se comprende lo que está pasando, se puede transformar. Eso es justo lo que hacemos juntas.
Mi trabajo es ayudar a mujeres y familias a recuperar el equilibrio emocional, la conexión y la sensación de armonía en el hogar después de grandes cambios de vida.